miércoles 19 de agosto de 2009

Microcuento

Imágenes prefabricadas

Estamos en una playa por donde se pasea la gente más bella y sofisticada. Miramos a la gente con unas gafas oscuras y levantamos la ceja, mostrando nuestros biceps y luciendo el bronceado. Parecemos felices y lucimos una sonrisa, con caminado lento, cogidos de la mano, mirando el atardecer, el crepúsculo soñado, con una copa de champagna, con un chillout de fondo, en pleno Ibiza. Ropa fresca para la ocasión, blanca y limpia, con un pantalón de tela delgada, sin zapatos, con los pies libres, dejamos nuestras huellas sobre la arena en un plan turístico, 4 días, 3 noches, todo incluido, recorriendo la Isla, ohhh, en full Decamerón. Agreguemos un yate, divisando el mar, disfrutando la brisa, estrechados en un abrazo imposible: ella delante mío, de espaldas y yo, con mis brazos, cubriéndola, mientras ríe enamorada y gira su cara para besarme, con el mar que termina de dibujar el cuadro que los dos protagonizamos. Cangrejo, uvas y más champgna sobre la mesa, pongámosle un mantel limpio y unas velas (infaltables) y cerremos la noche en la cama con el arruyo del sonido del mar. Dejémonos ir sobre el horizonte, acompañados por la luna -que la vemos tan grande-, viajando por el camino que nos indican las estrellas. Sin ausencia de besos por supuesto, despertamos, con aparición de: jugo de naranja, tostadas, café, periódico y el aire marino que ventila la cabaña de madera, ubicada en una zona alejada del ruido y de la gente. Esto era lo que queríamos, pensamos, sentados en la cama con los ojos cerrados y sin querer abrirlos, escuchando las gaviotas y el movimiento de las palmeras que se mecen cuan largas son, con el borde negro que nos indica, Hight Definition (HD), $2'523,000, rumbo a la caja, con tarjeta de crédito en mano, dichosos, luego de ver semjante escena en el video promocional del supermercado. Las imágenes parecían reales, digo. Ella está de acuerdo conmigo y me abraza (y nos besamos, sin uvas, ni champagna) emulando aquel sueño de pareja feliz visto antes de hacer la compra.

lunes 13 de abril de 2009

Microcuento


Desequilibrio

Las historias se acaban
y ni siquera la imagen de un buen par de tetas en la oficina despierta la imaginación.
Sólo son letras, computadores y noticias bobas.
Escribir, buscar fotos y esperar las visitas.
Si no hay visitas, no hay trabajo y todo se acabará.
Entonces volvería a lo de antes:
invertar problemas,
crear realidades y
padecer osiosas tardes en casa.
Acostado frente al televisor, comenzaría a pensar qué hacer y a llorar y a querer trabajar.
En medio de la desocupación,
leería un libro, o dos por semana.
Volvería a publicar, y
al final del día reiría de satisfacción.
Esperando tu respuesta me acostaría a dormir.
Un sí, el mejor salario
para alguien que pertenece a la población económicamente activa.
Entonces la historias volverían, pero el dinero -poco o mucho- se iría.
No es que la misería de inspiración, o el dinero la quite.
De hecho, no es que haya inspiración.
Lo que pasa es que,
pareciera,
no puede haber empate.

lunes 30 de marzo de 2009

Microcuento

Sin ganas

Respiro, cuento hasta tres, tomo aire, me miro al espejo, apago el radio, el televisor, y todo queda en silencio. A veces todo se olvida, incluso que existe el silencio y que el día es una bulla inperceptible por momentos. Itinerario: prendo radio, luego desayuno en la sala cone l radio en On, me voy para la oficina MP3 encendido, llego, Noticias de toda clase, por lo general estúpidas, nada importante, medio día: noticiero; Como nadie mira, nadie se da cuenta que el noticiero acabó y entonces Carlos Alberto habla y como hasta las tres nos damos cuenta que es Padres e Hijos; Off, sin dudarlo; luego un programa radial de humor, salgo de la oficina: ruido en el bus y empujones; llego a la casa, On TV, partidos de fútbol que no veo, pero de los cuales escribo como autómata; 10 de la Noche, los simpsons eso sí miro, pero cuando acaban casi estoy dormido y lo que hago es levantarme, apagar la luz y quedar como una roca entre las cobijas. Ni siquiera sueño, no recuerdo ahora mucho lo que sueño; simplemente me levanto y todo lo escrito antes, se repite y no me acuerdo al menos de parar y de pensar. Veo todo en una seguidilla de imágenes que no se detienen, que no cesan. Ante esto, antes lloraría. Hoy, ya ni eso.

lunes 12 de enero de 2009

Microcuento

Mi Musa

El escritor está borracho. Borracho muy borracho, tirado en el sofá con la boca abierta y la baba escurriendo por las comisuras de sus labios. El escritor ronca y parace que fuera a levantar las tejas de la casa con la fuerte respiración que su cuerpo exhala. La Musa levita sobre sus hombros, despacio para no despertarlo. La última vez que sin querer lo hizo, el escritor se levantó furiozo y cogió el arpa de la pobre Musa y la volvió añicos contra la pared. Prefiere evitar problemas y se dedica a mirar solamente al escritor. Se da cuenta que tiene la camisa desbotonada. La Musa quisiera arreglársela y dejársela planchadita, pero en vez de ello, opta por quedarse quieta y mirar al escritor que se revuelca en el sofa roto de la sala. Entonces La Musa comienza a silbar. Es su ejercicio desde que se quedó sin instrumento y del cual el escritor no se ha dado cuenta. El escritor, pobrecito, apenas si la ha vuelto a mirar. Creyó que no necesitaría más de ella hace unos años. No hay duda que él era otro antes de despreciar a La Musa. Por lo menos vendía más libros y las editoriales lo llevaban de gira a cuanto evento literario había. Pero ahora ni una reseña en una revista cultural pequeña. Lo único que tiene son deudas, arriendos sin pagar y muchos libros sin leer que La Musa ha cogido y ha hecho quemar para no amargarse. Para ella es difícil ver que otros escritores si valoran a sus Musas, mientras ella, desahuciada, si acaso existe por las mañanas cuando le sirve el café. Qué dura se ha vuelto la vida en estos últimos años. Antes era el centro de la vida del escritor, sin ella no podía ejercer su oficio. Como todo, nada es igual, pero ella es la misma y comienza a recoger las botellas que él ha dejado por ahí regadas en el apartamento. Es una Musa resignada para la vida que le ha indicado el destino. Por qué no habrá nacido para otra cosa, se pregunta. Obviamente no sabe, mirando al escritor que dice cosas enredadas, ebrio como está. El escritor está borracho y ni sabe qué va a escribir cuando la resaca se vaya y vea por ahí a La Musa rondar.

viernes 26 de diciembre de 2008


Olvidos

Genoveva por favor, no te saques los mocos. Genoveva sacó el dedo índice de la nariz. Ráscame la espalda que tengo piquiña. Ramiro actuó de inmediato y empezó a rascar con las uñas donde Genoveva decía. Tienes ese don de volver desagradable todo. Ella cerró los ojos y sintió cosquillas. Mira que tengo ganas de refajo, hace tiempo que no tomamos refajo Ramiro. Sus manos exploraron la piel de Genoveva. Y yo tengo ganas de carne asada. Genoveva se chupó el dedo índice. Pues vamos, almorzamos y luego damos una vuelta por el parque san Diego, que hace rato no vamos. Ramiro se acomodó bien en las nalgas de ella. No te tires pedos, no seas cochina. Se tapó la nariz y ella soltó una carcajada. Qué quieres, que se me tuerza una tripa. Él, de todas formas, le siguió sobando la espalda. Pues no, pero aprieta y agüántate. Ambos se quedaron en silencio hasta que él terminó de sobarle la espalda. Ella medio dormida escuchó que Ramiro dijo: vamos que tengo hambre. Ella se enderezó y le dijo: Ven, y le dio un beso. El accedió y se besaron otro ratico. Ramiro se puso el pantalón y Genoveva se puso el chal. Ramiro alistó las llaves del mercedes y esperó en el pasillo a que su mujer saliera. No te eches colorete que así te ves bien. Genoveva salió de la alcoba, cerró la puerta y los dos caminaron hacia el ascensor. Ella como estaba detrás de él aprovechó y le pellizcó la nalga. Ramiro sin mirar le dijo: Genoveva... Qué, respondió. No seas puerca. Y ahora qué hice. Sácate el dedo de la nariz. Ramiro, no jodas, que ya estamos viejos. Su esposo suspiró y negó con la cabeza. En la puerta del ascensor, Ramiro sintió una erección y Genoveva se dio cuenta. Ella empezó a reír como una loca a carcajadas y lo empezó a abrazar cuando se cerró la puerta del ascensor. Ramiro no se dio cuenta ante aquel pequeño acto de adolescencia, que el ascensor empezó a subir y que el primer piso no era ese, sino la azotea, cuando la puerta se abrió. Genoveva dijo: ven, empecemos por volver a mirar la ciudad de noche. Entonces a Ramiro se le empezaron a escurrir las babas otra vez.